Estamos automatizando procesos que nunca debimos conservar
La inteligencia artificial puede multiplicar la capacidad de trabajo de una empresa. Pero si no se cuestiona cómo funciona esa empresa, también puede multiplicar sus ineficiencias.
Hoy se pueden automatizar llamadas, mensajes de WhatsApp, cotizaciones, correos y seguimientos en una fracción del tiempo que antes hacía falta. Pocas veces nos hacemos la pregunta incómoda: ¿y si esas actividades nunca fueron las correctas?
En 1990, Michael Hammer observó algo parecido con las computadoras. En lugar de transformar sus operaciones, muchas empresas las usaban para ejecutar más rápido las mismas prácticas administrativas. Lo llamó «paving the cowpaths»: pavimentar los caminos de las vacas. Construir mejores caminos sin preguntarse si llevan al destino correcto. Su recomendación cabía en el título de su artículo en Harvard Business Review: Don't automate, obliterate. No automatice: elimine.
Con la inteligencia artificial corremos el riesgo de repetir el error.
Una solicitud que tardó cuatro días
Un empresario del sector logístico me comentó que no estaba vendiendo lo suficiente. Mientras revisábamos su sitio web, llenamos un formulario de cotización de prueba un martes. El sábado por la noche me escribió: «Saúl, disculpa que te moleste a esta hora, pero me está llegando una solicitud de cotización que dice que es una prueba. ¿De qué se trata?».
Habían pasado cuatro días. Eso no demuestra que fuera la única causa de sus bajas ventas, pero sí deja ver una falla importante. Antes de invertir en atraer más prospectos, había que asegurar que las solicitudes que ya llegaban se atendieran a tiempo.
Un agente de inteligencia artificial podría responder al instante. Pero primero hay que decidir quién recibe cada solicitud, dónde se registra, quién responde, en qué plazo y qué pasa si nadie actúa. La automatización debería ejecutar un proceso bien diseñado, no sustituir la necesidad de diseñarlo.
Cuando menos actividad significa mejores resultados
Una mueblería con la que trabajé agregó a sus fichas de producto las medidas, materiales y características que los clientes más preguntaban. Una semana después, la dueña me llamó preocupada: «Ya no recibimos tantos mensajes de WhatsApp».
Le pregunté por las ventas. «Estamos vendiendo bien, incluso mejor. Pero ya no nos escriben tanto».
Al revisar las conversaciones anteriores, la explicación era clara: muchos mensajes eran preguntas que la página no contestaba. Al resolverlas en la ficha, los compradores ya no necesitaban preguntar, la compra se volvió más fácil y las vendedoras recuperaron tiempo. No se estaban perdiendo conversaciones valiosas; se estaban eliminando conversaciones innecesarias.
Solemos leer más llamadas, mensajes, visitas o cotizaciones como señal de éxito. Pero a veces la productividad consiste en conseguir mejores resultados haciendo menos.
Automatizar no es transformar
Imagine un gerente que exige 60 llamadas diarias, como el caso que analicé en 300 llamadas a la semana no son productividad. Compra un CRM, instala un marcador automático y después agrega agentes de inteligencia artificial que multiplican las llamadas.
Tecnológicamente parece un avance. Pero ¿y si llaman a las empresas equivocadas, hablan con personas que no deciden o nadie da seguimiento a las conversaciones? ¿Y si hay cientos de cotizaciones pendientes mientras el equipo busca prospectos nuevos?
Se automatizó la actividad, no se mejoró el resultado. Lo mismo ocurre al generar reportes que nadie usa, al responder con un bot preguntas que el sitio debería aclarar o al publicar contenido masivo sin estrategia comercial.
Actividad, eficiencia y efectividad
Una empresa puede vender más y ganar menos, producir más y acumular inventario, o generar más oportunidades de las que puede atender. Conviene distinguir tres conceptos:
- Actividad: cuánto hacemos.
- Eficiencia: cuántos recursos consumimos al hacerlo.
- Efectividad: cuánto contribuye ese trabajo al resultado buscado.
Reducir de dos horas a diez minutos la elaboración de un reporte es una mejora. Pero si ese reporte no influye en ninguna decisión, la pregunta correcta es por qué seguimos haciéndolo. A veces la mayor mejora de productividad no es automatizar una actividad, sino eliminarla.
Cuando la tecnología complica la operación
Primero se contrata un CRM. Después una plataforma de prospección, otra para correos, otra para WhatsApp, otra para llamadas y otra para reportes. Al final se agregan agentes de inteligencia artificial para conectar todo.
Cada herramienta tiene su justificación, pero juntas pueden producir una operación fragmentada: datos duplicados, reportes contradictorios y personas dedicadas a mantener sistemas. Una empresa puede terminar contratando tecnología para ahorrar tiempo y después contratando personas para administrar esa tecnología. Digitalizar no siempre elimina trabajo; a veces solo lo cambia de lugar.
El cliente no compra nuestros departamentos
Hace poco busqué un espacio de coworking. Varias empresas tenían anuncios eficaces que me llevaban a WhatsApp. Un bot respondía de inmediato, preguntaba qué necesitaba y prometía que un asesor continuaría. Horas después, una persona volvía a preguntarme lo mismo.
En una de ellas pedí información un lunes. El miércoles me llamó un ejecutivo y prometió la cotización para el día siguiente. El jueves a las nueve la recibí. Tres horas después me llamó otra vendedora de la misma empresa para preguntarme qué oficina buscaba. Cuando le dije que ya tenía una cotización, me preguntó quién me había atendido.
Habían automatizado la atención inicial, pero no la continuidad del proceso comercial. Yo seguía siendo el responsable de repetir información que la empresa ya tenía.
Marketing genera contactos, el bot responde, un asesor llama y otro prepara la cotización. Todos cumplen su tarea y nadie ve la relación completa. Por eso Hammer proponía, en The Agenda , organizar la empresa alrededor de los procesos que generan valor para el cliente y no solo alrededor de departamentos.
Al cliente no le interesa que el bot responda en tres segundos si después espera días por una solución. El cliente no compra nuestra eficiencia interna: compra el resultado que somos capaces de entregarle.
Qué conviene automatizar primero
Nada de lo anterior es un argumento contra la automatización. Es un argumento sobre el orden. La atención automática funciona cuando cumple cuatro condiciones:
- Entrega con contexto. La solicitud llega completa a una persona responsable, y el cliente no vuelve a repetir lo que ya dijo.
- Tiene responsable y suplente. Si quien debe responder no está, alguien más lo hace.
- Queda registrada. Lo que no está registrado no se puede medir ni recuperar.
- Mide a la empresa, no solo al bot. Importa cuánto tarda el asistente en contestar, pero importa más cuánto tarda el equipo en dar una respuesta real.
Y aprende: cada pregunta que el asistente no supo contestar es una señal de que algo falta en el sitio, en el catálogo o en el proceso, como en la mueblería. Así trabaja Respuesta inmediata, el servicio con el que ACTIVAR empieza con cada cliente.
La IA debería mejorar decisiones, no solo ejecutarlas
Imagine una empresa industrial que recibe 200 solicitudes de cotización al mes. Sus vendedores están saturados y la dirección quiere inteligencia artificial para cotizar más rápido. Pero ¿por qué se pierden las oportunidades? ¿Por precio, por falta de seguimiento, por prospectos inadecuados o por necesidades mal definidas?
Quizá el cuello de botella no sea elaborar propuestas, sino identificar cuáles merecen atención. Automatizar cotizaciones sin ese criterio puede hacer que la empresa pierda oportunidades más rápido.
Se puede usar la inteligencia artificial para escribirle a todos los contactos, o para analizar historiales, detectar señales y priorizar cuentas. En el primer caso se automatiza volumen; en el segundo se mejora una decisión.
El costo de oportunidad de automatizar lo incorrecto
Suponga que una empresa mediana invierte $100,000 en agentes de prospección. El sistema funciona. Pero mientras tanto tiene clientes que dejaron de comprar, cotizaciones abandonadas y oportunidades de venta cruzada sin atender, como las que describí en Ya consiguió al cliente. ¿Qué parte de su negocio tiene? Es probable que esas fuentes produzcan ingresos antes que las llamadas en frío.
El problema no es que los agentes sean una mala inversión. Es que la empresa puede estar resolviendo su quinto problema más importante mientras ignora el primero. Cada inversión consume capital y atención que no se destinan a otra cosa. Una tecnología puede tener retorno positivo y aun así no ser la mejor inversión disponible.
La IA también amplifica los errores
A diferencia de las primeras computadoras, la inteligencia artificial interpreta información, mantiene conversaciones, identifica patrones y ejecuta decisiones bajo reglas. Eso amplía las posibilidades y también la responsabilidad.
Un proceso deficiente que antes afectaba a cien clientes puede afectar a miles. Una mala secuencia de mensajes puede repetirse sola. La velocidad no corrige una mala decisión: permite repetirla más rápido, como expliqué en Cuando cualquiera puede construir el producto, la ventaja está en venderlo.
Por eso conviene empezar por preguntas de negocio: ¿qué problema queremos resolver?, ¿por qué ocurre?, ¿qué necesita el cliente?, ¿qué actividades contribuyen al resultado?, ¿cuáles hay que cambiar, eliminar o automatizar?
No hace falta transformar toda la empresa de golpe
Una empresa mediana no tiene que detener su operación para rediseñarlo todo. Puede empezar por una falla concreta, por ejemplo, las solicitudes comerciales que no reciben seguimiento:
- Identificar dónde se interrumpe el proceso.
- Asignar responsables.
- Definir plazos y siguientes acciones.
- Solo entonces elegir CRM, automatizaciones o agentes de inteligencia artificial.
Y medir no solo mensajes enviados, sino oportunidades que avanzan, pedidos obtenidos, margen generado y aprendizaje para el siguiente ciclo. La transformación no tiene que empezar siendo enorme, pero sí tiene que empezar cuestionando cómo trabajamos.
Antes de automatizar, hay que rediseñar
La inteligencia artificial vuelve accesibles capacidades que antes requerían presupuestos enormes. Pero los competidores tienen acceso a las mismas herramientas. Si todos usan los mismos CRM y los mismos modelos, la diferencia estará en entender al cliente, diseñar mejores procesos, coordinar recursos y ejecutar con consistencia. La tecnología ayuda a investigar, analizar, ejecutar y medir; no sustituye el criterio de quien dirige.
Hace décadas, las computadoras prometían transformar los negocios. Algunas empresas cambiaron su manera de operar; otras solo digitalizaron sus procedimientos. Hoy estamos ante una decisión semejante. No todas las actividades merecen hacerse más rápido: algunas necesitan rediseñarse y otras, desaparecer.
Antes de contratar otra licencia, implementar otro agente o automatizar otro proceso, conviene hacerse una pregunta:
Si hoy diseñáramos nuestra empresa desde cero, ¿qué de lo que hacemos jamás volveríamos a hacer de la misma manera?
Tal vez ahí empiece la transformación que de verdad necesitamos.
¿Cuánto tarda su empresa en contestar?
- ¿Cuánto tardan hoy en contestar una solicitud que llega por WhatsApp?
- ¿Qué pasa con las solicitudes que llegan de noche o en fin de semana?
- ¿Dónde quedan registradas y quién da seguimiento a las que no se cierran?
Si alguna respuesta es «no lo sé», ese es el primer número que entrega Respuesta inmediata.
Saúl Castillo es especialista en ventas para empresas industriales en Monterrey y director de ACTIVAR B2B.
Fuentes
- Michael Hammer, «Reengineering Work: Don't Automate, Obliterate», Harvard Business Review , julio-agosto de 1990.
- Michael Hammer, The Agenda: What Every Business Must Do to Dominate the Decade , Crown Business, 2001.





